6. CONTAGIO EMOCIONAL

Te ha pasado que de repente escuchas a alguien partirse de la risa y tú también empiezas a hacerlo. O como hay personas con las que puedes pasar horas y horas hablando y no te cansas nunca, mientras que, con otras personas te aburres.  Esto puede deberse al contagio emocional.

El contagio emocional podría definirse como la capacidad automática e inconsciente del organismo que se manifiesta a través de la comunicación no verbal. Uno de los mecanismos biológicos que nos hacen imitarnos los unos a los otros son las denominadas neuronas espejo, que propician la imitación automática de los gestos y de las emociones que reconocemos en los demás.

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A donde quiero ir a parar en este apartado, a que debemos tomar conciencia de lo importante que son las personas de las que nos rodeamos.

Debemos buscar gente como nosotros, gente soñadora, gente que crea que hay vida más allá de la rutina, gente que crea que nacimos para algo más que pagar cuentas. Al rodearnos con este tipo de gente nos daremos cuenta que no estamos solos, las críticas de los demás perderán peso porque sabremos que hay más gente como nosotros que lucha por algo, por sus sueños, por sus metas.

Esto nos ayudará también a mantenernos firmes cuando vayamos a tirar la toalla, pues veremos en el ejemplo de los que más avanzan que nosotros también podemos conseguir metas. Que solo es cuestión de constancia y de tiempo.

Bueno, amigo lector, espero te haya ayudado con este consejo y, en verdad, espero lo pongas en práctica para que te des cuenta que al rodearte de otro tipo de gente (gente más soñadora, positiva y perseverante) tus alas van a ir creciendo también.

Las enfermedades y su relación con las emociones

Seguramente muchos de vosotros ya sabéis que existe una estrecha relación entre las emociones y las enfermedades. No me estoy refiriendo a enfermedades psíquicas, depresión, ansiedad y otras, que también. Me estoy refiriendo a cualquier enfermedad o dolencia, desde una laringitis hasta una lumbalgia, pasando por enfermedades cardíacas, o cualquier otra. Hasta una torcedura de pie podría relacionarse con una emoción concreta en un momento determinado. Y os pongo el ejemplo de la torcedura de pie, porque fue el ejemplo que mi doctora de cabecera me puso y se me quedó grabado en la memoria, porque no podía creerlo.

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No quiero decir con esto que debamos estar obsesionados por controlar nuestras emociones ni dedicar las horas a estudiar por qué me he cortado esta mañana el dedo con el cuchillo o por qué me duele la rodilla. Pero sí que me parece interesante empezar a plantearnos cuál puede ser la causa de ese dolor constante que tengo en las cervicales o por qué llevo una semana afónica.

Es mucha la información que corre al respecto por internet. Yo no soy experta en el tema, con lo cual no me siento capacitada para profundizar mucho en el tema. Pero sí que he leído y estudiado mucho sobre el tema, porque me apasiona y porque a mí me está ayudando mucho con mi salud.

Debemos tener en cuenta también que no se trata de una ciencia exacta, porque cada persona vive las situaciones y las siente a su manera, dependiendo de sus experiencias anteriores, de su genética, etc. Pero también es cierto que hay una dinámica bastante general en relación a los síntomas físicos relacionados con sus causas emocionales.

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Aquí os dejo un ejemplo, muy simple, pero que algo os puede orientar. Y os invito a que profundicéis en el tema, sobre todo si tenéis alguna enfermedad recurrente o crónica o conocéis a alguien que la tenga. Es un campo apasionante.

El secreto del inconsciente

Mientras escribía el artículo de ayer, se abría ante mí un sinfín de ideas sobre posibles posts. El tema del comportamiento humano, las emociones, sentimientos, relaciones humanas… es algo que me apasiona.

Por circunstancias personales, llevo unos meses buscando mucha información sobre la relación entre las enfermedades o dolores del cuerpo y sus causas emocionales. No puedo dejar de sorprenderme siempre que leo o aprendo sobre el tema, ya que en todos los casos que me conciernen, el diagnóstico encontrado está estrictamente relacionado con mi realidad.

Podría mencionar aquí bases edtablecidas por la bioneuroemoción, la biodescodificación o la psicosomática, ya que són las escuelas en las que más he indagado y que me tienen apasionada. No voy a entrar en sus diferencias ni en sus métodos, pues no estoy cualificada para ello, pero sí que puedo decir de todas ellas que ototgan una enorme importancia al inconsciente.

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Tal y como refleja esta imagen, el inconsciente nos domina en un 95%. Cosas que nosotros hacemos y creemos que las escogemos, simplemente nos escogen a nosotros. Llevamos escrito en nuestro inconsciente historias de nuestros antepasados, sobre todo traumáticas, secretos, que se irán transmitiendo de generación en generación hasta que alguien decida conscientemente liberar ese sufrimiento familiar. Estas historias nos pueden afectar en forma de enfermedades, de dificultades a la hora de hacer algo o de relacionarnos con los demás y de muchas otras formas.

Sabremos que algo nos domina desde el inconsciente cuando no entendamos por qué actuamos de una manera determinada en ciertas ocasiones, por ejemplo, o cuando repitamos un patrón de comportamiento una y otra vez a pesar de no sentirnos satisfechos (por ejemplo cuando cambiamos de pareja caa vez que vemos que la relación se hace más estable).

Me parece un campo de conocimiento interesantísimo.

Hoy os planteo otro reto: que intentéis pensar qué actitudes, según lo que os he contado, creéis que son debidas a efectos de vuestro inconsciente.

El conocimiento es la forma de poder dar lugar al cambio y a la mejora.

La importancia de saber qué nos molesta

En el post de ayer os hablaba del derecho a enfadarnos, de algunos de los motivos por los cuales muchas veces pensamos que enfadarse no está bien. No sólo nos pasa con el enfado, sino con la mayoría de sentimientos negativos, aunque con el enojo solemos sentirnos más incómodos, porque parece que nos enfademos por capricho.

Sin embargo, como vimos ayer, no es fácil ni recomendable reprimir los enfados, si bien sería recomendable aprender a controlarlos.

¿A qué me refiero con controlarlos? Me refiero a aprender a conocernos mejor. Aprender qué situaciones, personas o cosas nos sacan de nuestras casillas, porque es la única forma en que realmente podremos controlar nuestros enojos. Cuando algo nos molesta tanto, es porque refleja un aspecto de nosotros que nos molesta (aunque a menudo no somos conscientes).

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No se trata de controlar por dar una imagen de control hacia los demás, sino de entender qué nos molesta tanto como para enfadarnos y poder así trabajar en ello para que realmente no nos dañe tanto por dentro.

A lo largo de mi vida he ido observando algunas de las cosas que más me sacan de quicio y una de ellas es la sensación de injusticia. Me planteo por qué, qué refleja esa injusticia en mí misma y eso me conduce directamente a mi infancia, a momentos en que sentí lo mismo desde esa tierna edad en que todo se siente directamente, sin tener la posibilidad de razonar. Y ese sentimiento se queda grabado en nuestro inconsciente y se reproduce en situaciones similares con la misma fuerza. Lo bueno de esto es que, cuando nos damos cuenta de lo que nos exaspera, podemos trabajar sobre eso y poco a poco las situaciones que antes nos hacían explotar, si bien siguen sin gustarnos, no nos hacen perder los nervios.

Tenemos derecho a enfadarnos

El enfado es una emoción que experimentamos cuando algo no sale de acuerdo a nuestras expectativas. Es como una negación hacia algo que nos sucede (sea externo a nosotros o interno). Como sucede con cualquier otra emoción, tenemos derecho a sentir enfado, aunque muchas veces sintamos que no.

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¿Por qué a veces tenemos la sensación de que enfadarse está mal? Yo creo que hay varias respuestas.
Por una parte, es lo que aprendimos de niños. Si nos enfadábamos, nos castigaban o reñían o algo sucedía no precisamente bueno. Yo aprendí que estaba mal visto, que siempre había que mostrarse amigable, porque si no, me criticaban o se burlaban de mí. Con esas actitudes, poco (o nada) me ayudaban a salir del enojo o a no volverme a enfadar. Sé que a mucha gente le ha pasado como a mí y, a pesar de haber madurado y saber que no es malo enfadarse, la creencia que nos quedó grabada desde pequeños,  queda en nuestro inconsciente y hace que cuando nos enfadamos se encienda la alarma de la culpa o de algún sentimiento poco deseable hacia nosotros mismos por no ser capaces de controlarnos.
Por otro lado, cuando nos enfadamos, nos sentimos mal. Eso es evidente si tenemos en cuenta qué supone un enfado (que algo no sale como queremos). Y ese sentimiento negativo a menudo lo expresamos de manera poco adecuada, sobre todo para nosotros mismos, porque ese enfado acompañado de rabia, impotencia o lo que sea nos va hiriendo por dentro. Además, si tenemos en cuenta que, a veces, nos reprimimos por lo que he explicado en el punto anterior y no expresamos el enfado, pensando que de esta forma no nos enfadamos realmente y nos estamos controlando mejor, entonces parece evidente entender que después “explotemos” exageradamente en una situación que, seguramente, no era para tanto. ¿Por qué? Porque a pesar de no expresar enfado, sí lo sentimos y lo vamos acumulando. Con lo cual, al final acabará saliendo de forma exagerada en cualquier ocasión.

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Os propongo que nos planteemos de qué forma solemos enfadarnos, con qué frecuencia, en qué situaciones, porque ser conscientes de ello nos ayudará a ver nuestros puntos débiles para poder trabajar con ellos y, de  esta forma, que las cosas nos afecten menos, pero de verdad, no como represión hacia el exterior.

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Ayer os hablé de dos de las habilidades que creo imprescindibles de cara a nuestro desarrollo como personas y en el ámbito laboral, el trabajo en equipo y aprender a pensar. Hoy os hablaré de otras dos habilidades que, para mí son igual de importantes.

APRENDER A TRAVÉS DE LAS EMOCIONES

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Alguna vez leí que aprendemos a través de las emociones. ¿Qué significa esto? Que si no conseguimos que algo llegue a tocar nuestras emociones de alguna forma (sean positivas o negativas), no conseguiremos aprenderlo realmente. Recuerdo especialmente las clases de expresión plástica cuando estudiaba educación infantil en la Universidad. Aquello sí que fue un aprendizaje, aquella asignatura logró impactar fuertemente en mis emociones y creo que lo que allí aprendí, sigue intacto en mi memoria. Fue una forma de trabajar centrada en las necesidades de cada alumno, en nuestros intereses, con un trasfondo emocional muy grande. Con lo cual además de aprender muchísimo, disfruté enormemente. Fue una de las clases que más me ayudó a desarrollarme como persona más allá de la expresión plástica y de la educación infantil.

TENER INICIATIVA

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Este apartado se me ha ocurrido después de una profunda reflexión sobre mi vida como estudiante y como persona en muchos ámbitos de mi vida. Siempre fui tímida y nunca mostré iniciativa en el colegio, por miedo a las críticas, pero también, creo, por falta de costumbre y porque nunca nadie me estimuló a hacerlo. Bajo mi punto de vista, es muy importante poder aprender a tener iniciativa, mostrar ideas propias y atreverse a compartirlas, porque es un ejercicio muy interesante de cara a plantearse soluciones a los problemas o de no resignarse a reproducir lo que hacen los demás como si ya todo estuviera establecido. Creo profundamente en la divergencia de ideas y en que siempre hay varias opciones válidas para muchas cuestiones. Entonces, ¿por qué no puede alguna de nuestras ideas o iniciativas ser igualmente interesante o ingeniosa?